¡Volver a prender las luces!

Por Alexis Sanzana Palacios

El texto constitucional es un buen referente, un buen punto de partida para dejar atrás la crisis del modelo, una luz programática que permite ir dejando atrás el fallido modelo neoliberal, que acrecentó las desigualdades y allanó el camino para la comisión sistemática de los abusos. 

La gracia de los análisis de discursos es que operan en un nivel interpretativo, en la relación del uso del lenguaje con referentes que están más allá de lo que se dice, tanto en un sentido semántico como vinculado a las estructuras sociales, políticas y culturales, si se opta por una visión crítica.

Así los feminismos, los ecologismos, los movimientos antiglobalizadores y aquellos que interpelan a las formas de dominación, han recurrido al análisis crítico del discurso denunciando los subtextos del poder para transformar sus efectos, convirtiendo los elementos analíticos en herramientas de contraponer.

Comento esto, a propósito de las conocidas cuñas que circularon en redes sociales, donde se entrevista a personas posterior al plebiscito y que señalan haber votado por el rechazo “para que cambie el país / para que se termine la delincuencia / para que con este cambio mejore todo / lo económico, las pensiones”, relatos que en el plano literal parecen paradójicos y sin embargo llenos de significado si se le comprende a la luz de la órbita que existió por fuera del texto, más que en el texto en sí. 

Si el contundente resultado de un 61-38 en favor del rechazo dejó perpleja a la gente del apruebo, es porque se le tomó en su literalidad, pensando que la ciudadanía dijo “rechazo” al contenido del texto Constitucional. Nada más alejado de aquello, aún más si, al universo de votantes, se sumó aquel grupo que no se interesa habitualmente por los temas electorales. Una pregunta productiva no sería, en este caso, si la gente leyó o no leyó la propuesta constitucional, si entendió o no el lenguaje del texto, tampoco si el texto fue contrastado en relación a la ola de fake news que abundó. La pregunta sería ¿cuál fue el mensaje que se le entregó a la gente respecto de lo que se jugaba en la papeleta apruebo/rechazo? 

Desde el punto de vista de las campañas, tanto la derecha como la izquierda hicieron bien la pega, pero con una diferencia en la efectividad. La izquierda, en su sinceridad persistente y en su fijación por convencer pedagógicamente a las masas, saturó de mensajes el discurso. Los derechos sociales no fueron explicados en tanto esperanza, leitmotiv de la época, sino como un listado confuso de consignas. Un “catálogo”, como el mismo lenguaje constitucional decía. Y la gente de los sectores populares, esa que votó por obligación, se relaciona más con el catálogo de la venta de perfumería, en su dimensión de objeto concreto, que con el catálogo de derechos, que no le es familiar ni evoca materialidad.

El activismo del apruebo hizo una campaña positiva y propositiva de un Chile nuevo, pero no fue efectiva. El activismo del rechazo hizo una campaña negativa y negacionista de un Chile nuevo, pero muy efectiva. La primera se apoyó en abordar las causas de los problemas que hoy aquejan a las personas; la segunda se apoyó en el efecto que podría significar para una persona perder su casa o perder la herencia de sus pensiones. Entre desmentir y explicar largamente al final, como decían en la anterior campaña, “el miedo le ganó a la esperanza”, y no hubo más que apatía en la celebración del triunfo, donde sólo llegaron militantes y activistas del rechazo, sin el pueblo que dio su voto. Algo se ganó la noche del 4 de septiembre, pero nada que implicase identificarse con el lado del vencedor.

Algunas interpretaciones han situado el triunfo del rechazo como un nuevo triunfo del malestar, que en retrospectiva mira la conducta electoral de los últimos tiempos como una forma de protesta para castigar la política dominante y no para favorecer algún proyecto político compartido. El voto-castigo, que hizo nublar el 80-20 del primer plebiscito y que en un par de días ya estaba nublando a los vencedores del actual proceso. 

En el campo del activismo, desde la convención y la militancia ligada al apruebo podemos tener responsabilidades compartidas, y está bien la autocrítica honesta. Pero el texto no tuvo la culpa ¿Cómo culpar a un texto que llevaría la paridad a todos los órganos colegiados del país? ¿Cómo culpar a un texto que se hiciera cargo del deterioro ambiental y estableciera un nuevo contrato ecológico? ¿Cómo culpar un texto que consagre un Estado social de derechos? La gran y directa demanda octubrista. El texto constitucional es un buen referente, un buen punto de partida para dejar atrás la crisis del modelo, una luz programática que permite ir dejando atrás el fallido modelo neoliberal, que acrecentó las desigualdades y allanó el camino para la comisión sistemática de los abusos. 

El texto en tanto programa de época también generó un vínculo espiritual con las personas, pues fue la obra de no ficción más vendida en Chile y fue la candidata con la que todo el mundo quería posar para colgar una imagen en sus redes sociales, un libro rock star. También el texto fue un artefacto político de ejercicio de democracia directa, resultado de un conjunto de audiencias ciudadanas, cabildos, iniciativas de normas y acuerdos amplios (dos tercios) de personas democráticamente electas para constituirlo. Y eso es algo que no podemos olvidar en el trabajo de lectura y relectura de las tácticas que permitan impulsar las transformaciones que la época nos demanda.

Reparto de textos en Villa Alemana

El triunfo del rechazo lejos de estancar el cambio lo acelera, lo hace más urgente. Así se venía expresando socialmente con las manifestaciones estudiantiles de 2006 y 2011, con las miles de personas movilizadas contra las AFP, con las grandes manifestaciones del movimiento feminista, con la territorialización de lo político en el estallido social, con las demandas medioambientales en Freirina, Magallanes, Mejillones, etc. y los activismos de Petorca, Quintero-Puchuncaví y Marga Marga, expresiones de malestar y lucha. 

Pero también con el giro electoral que se venía dando desde 2016, con la llegada de la alcaldía ciudadana a Valparaíso, la instalación del Frente Amplio en el congreso al año siguiente, la casi segunda vuelta de Beatriz Sánchez, la consulta de los municipios en diciembre de 2019, los resultados del plebiscito de entrada, la elección de independientes en la Convención, los municipios transformadores de la región de Valparaíso, en la RM y en un conjunto de territorios del país, los gobiernos regionales pro cambio y la elección de Boric, lo que nos habla de una época de cambios expresada sostenidamente por la vía electoral, producto de ideas progresista que han calado profundo en la sociedad chilena, y que no se detendrán con este retroceso propio de los procesos de transformación, que naturalmente avanzan y retroceden en oleadas. 

El resultado del 04 de septiembre, es fruto de una crisis de confianza que permanece, y que corre por un carril distinto de los eventos electorales. Por eso es necesario entender que una cosa son las luchas por los derechos sociales, que pueden expresarse en proyectos puntuales, acuerdos, vías parlamentarias o manifestaciones de masas; y otra es ganar elecciones. A veces van de la mano y otras veces hay que tomarlas con la sofitisticación táctica que el objetivo merece. 

Pero más allá del resultado plebiscitario, al final del día se gana en la acumulación de sabiduría popular, en acumulación de fuerzas, porque hoy existe un activismo más empoderado en temas constitucionales que ayer, y hay un grupo importante de personas para quienes los proyectos transformadores les hace sentido y les moviliza, lo que producirá una ofensiva más contundente en una próxima batalla por la transformación social.

Hace unos días el presidente Petro en su discurso ante la ONU solicitaba a las grandes potencias “volver a prender las luces del siglo” entre tanta oscura acción devastadora ante los pueblos de América Latina. Y justamente, para quienes luchamos por el bienestar de los pueblos y los territorios, el texto constitucional trabajado los últimos 2 años debiera ser el faro programático en medio de la noche de incertidumbres que estamos viviendo. 

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