El voto de los que sobran

Por Rodrigo Ruiz Encina

Apuntes sobre los resultados del Plebiscito de salida 2022

“La observación más importante que hay que hacer a propósito de todo análisis concreto de las correlaciones de fuerzas es la siguiente: que esos análisis no pueden ni deben ser fines de sť mismos (a menos que se esté escribiendo un capítulo de historia pasada), sino que sólo cobran significación si sirven para justificar una actividad práctica, una iniciativa de la voluntad. Los análisis muestran cuáles son los puntos de menor resistencia a los que pueden aplicarse con más fruto las fuerzas de la voluntad, sugieren las operaciones tácticas inmediatas, indican cómo se puede plantear mejor una campaña de agitación polťtica, qué lenguaje será mejor comprendido por las muchedumbres, etcétera.”

Antonio Gramsci

Ignorar la mayoría

Cuantitativamente, los resultados del plebiscito se explican por el cre- cimiento en la participación electoral impulsado por la obligatoriedad del voto. El Apruebo obtuvo 200 mil votos más que los alcanzados por Gabriel Boric en segunda vuelta, aunque redujo en un millón la cantidad de votos a favor de un cambio constitucional al comienzo del proceso.

La novedad está en la incorporación de más de cuatro millones y medio de electores. La técnica electoral avisó tempranamente ese hecho como una incertidumbre estadística, pero la alerta no era suficiente. Ni el oficialismo ni, de modo general, las izquierdas, habíamos  integrado esos sectores en nuestros análisis ni en nuestras prácticas. Es más, en el único momento en que algo parecido se hizo presente en la política, con la elección de convencionales independientes de la Lista del Pueblo, la respuesta de los partidos, casi unánime, combinó el desprecio, la desconfianza y el temor a un conglomerado que se le aparecía como una invasión bárbara desde los extramuros de la democracia.

Del otro lado, los dispositivos mediáticos y culturales del neoliberalismo, completamente ajenos a los refinamientos ilustrados de unas izquierdas aun ancladas en los modos de las clases medias tradicionales del siglo XX, se han mantenido activos y vigentes.

El otro peso de la noche

La propuesta constitucional no resolvía por si misma la destitución del régimen neoliberal en Chile. Su importancia residía en la posibilidad de consolidar una apertura. Es decir, instalar un proceso histórico que, por primera vez desde la instauración dictatorial del modelo, permitía pensar en el inicio de una trayectoria combinada de luchas, acción institucional y construcción de actores, que condujera a su superación efectiva. La votación del 4 de septiembre implicó un bloqueo en ese camino.

Pero es importante recordar que la apertura misma de este ciclo correspondió a la Revuelta, no a la Convención. Reconocer ese hecho permite pensar que el plebiscito no cierra el proceso, que el debate sobre el nuevo marco constitucional permanece abierto en la sociedad y que va a atravesar todo el período de gobierno de Gabriel Boric, pese a sus esfuerzos de contención y clausura.

Aun no sabemos bien por qué la votación se comportó de la forma en que lo hizo. Circula, como es de esperar, una amplia gama de explicaciones. Una cosa resulta clara: la campaña del Rechazo, dirigida por las derechas mediáticas y empresariales, se dirigió a expandir el miedo al cambio, defendiendo un sentido común neoliberal afincado en el apego a las muy eficaces ficciones de la propiedad y la prosperidad egoísta. El Apruebo en cambio, defendió principalmente una amplia familia de derechos sociales, sexuales y reproductivos, de la naturaleza, de los pueblos originarios, entre otros, que no solo suponían un orden social diferente, sino mecanismos de subjetivación contrapuestos.

En esa contradicción anida una primera hipótesis de análisis crítico. Es claro que subestimamos la profundidad con que “la razón neoliberal” ha llegado a modelar las prácticas y los sentidos de vida de una amplia mayoría de chilenas y chilenos. Nuestros mensajes no lograban inteligibilidad y menos aun aprobación, quizás porque partían de supuestos no compartidos por esa amplia franja popular cuyos marcos interpretativos son principalmente los que ha construido la pedagogía del régimen neoliberal por décadas. Un ultraliberal chileno que goza de amplia cobertura en redes sociales dice algo así como que los derechos sociales son derechos a disponer del dinero ajeno. Pues bien, las propuestas de derechos sociales, de un Estado a cargo de proveerlos y garantizarlos, chocaban con cuarenta años de propaganda antiestatista, y con la exitosa promoción de la iniciativa privada individual y la fábula del emprendimiento, donde la acción estatal es vista como la entrega “focalizada” de “beneficios” a personas “vulnerables”, es decir, todo lo que una persona expuesta hasta la saciedad a la superioridad moral de la competencia y el éxito personal no desea ser ni obtener. El hecho no debería sorprendernos, la ética del emprendimiento y la lógica de la vulnerabilidad y la focalización han sido una de las claves de la acción gubernamental, tanto en las gestiones de la derecha como de la “centroizquierda” (incluso cuando un militante comunista fue ministro de Desarrollo Social del segundo gobierno de Bachelet).

Otro tanto ocurrió con los diferentes aspectos en que se definía el paso a un Estado plurinacional, que chocaron una y otra vez con las falsedades de una propaganda tremendamente eficaz, apoyada con mucha facilidad en una larga racialización de la nación que construye una autopercepción blanca en la mayoría de la población, como complemento del cruento sometimiento de unos pueblos originarios negados una y otra vez. Son ellos quienes más han perdido con los resultados del plebiscito. El asunto sin embargo, parece no merecer mayor atención en los análisis progresistas.

En la cuestión política ocurre otro tanto. Allí donde una amplia mayoría ha manifestado de diferentes formas su condena a las prácticas cupulares de los partidos, la corrupción el financiamiento de la política, el severo desprestigio de prácticamente todas las instituciones del país (de eso también hay encuestas), allí donde es completamente sabido el escasísimo respaldo del parlamento, allí donde ha sido evidente que esos cuestionamientos estaban ampliamente expandidos en la Revuelta, la campaña del Apruebo no quiso escuchar y ubicó su centro de mando en las cúpulas partidarias y parlamentarias.

Entonces, si despejamos un poco el asunto, lo que queda es una campaña del Apruebo oficial que proponía desmontar las lógicas vigentes con lenguajes, formas comunicacionales y dinámicas institucionales que han sido parte de la reproducción del orden. Habiendo desmovilizado las fuerzas destituyentes de la movilización popular y sus vocerías heterogéneas, el Apruebo sacrificó todo filo crítico y se convirtió en un intento dócil y conformista que optó por actuar dentro de los marcos referenciales hegemónicos. Lo nuevo había aparecido como potencialidad, como ruptura, pero no logró formular una propuesta, ni organizativa ni teóricamente, y recibió tempranamente la presión desmovilizadora del sistema político, que se empeñó en la campaña en una moderación comunicativa en tal grado que desembocó en la propuesta de desmontar lo viejo con lo viejo.

Las fuerzas que no formamos parte de ese mundo ni de esas lógicas, por otro lado, tampoco desplegamos un relato alternativo efectivo, ni una capacidad de escucha e interlocución efectiva, y en casos como el acto en la Plaza Victoria de Valparaíso, terminamos contribuyendo involuntariamente a un ánimo de desconcierto e incomprensión. La crisis organizativa y la falta de propuesta en el campo de fuerzas que nos situamos hacia abajo y a la izquierda del régimen es brutal. Eso hay que asumirlo de frente. Sin duda jugó un papel relevante en nuestra escasa capacidad de incidir en lo que terminó ejecutándose desde el Apruebo oficial.

En definitiva, lo primero era escuchar. Tratar de entender. Intentar descifrar las mentalidades presentes principalmente en esa amplia masa de votantes descontentos que se incorporaba. No construir una campaña como si se tratase de una elección más, sino como una donde se definía un cambio en las formas de vida y las mentalidades. Tomarnos por tanto en serio las configuraciones sociales y culturales efectivas. Comprender el desafío que anida en la cruda separación entre los nuevos sectores populares y las fuerzas políticas que buscan superar el régimen, que constituye en los hechos una de las claves de su reproducción. Escapar de las ideas preconcebidas del progresismo ingenuo,  autocentradas, clasistas, con sus concepciones abstractas  de la madurez cívica, la buena democracia y los valores ilustrados. Pero no hicimos nada de ello, o lo hicimos en una medida severamente insuficiente.

El desastre de las comunicaciones

Una de las transformaciones culturales más importantes ocurridas en el Chile dictatorial fue la emergencia de una dinámica televisiva fuerte, de una alta capacidad de penetración en los sectores populares. A esa forma de meterse en la cocina de los hogares que son los matinales se sumaron noticieros y programas especiales cuidadosamente diseñados para fomentar el Rechazo. La campaña del NO, a fines de la dictadura, supo interpretar eso con resultados muy exitosos en la franja televisiva. En esta elección, sin embargo, los medios fueron un espacio casi exclusivamente vinculado al Rechazo, en algunos casos de una forma grosera. Junto a ello, las derechas desplegaron una monumental cam- paña de tergiversación e informaciones falsas en redes sociales, con un financiamiento millonario1, en niveles tan descontrolados que llegaron a levantar las alertas en las empresas internacionales que las controlan. En ambos casos, el Apruebo quedó severamente rezagado, demostrando su inadecuación respecto de los modos y los instrumentos de la cultura dominante en la era neoliberal. El Apruebo desplegó, en definitiva, un conjunto de contenidos centrados en la superación del modelo neolibe- ral y sus subjetividades, que ignoró el ingreso al proceso electoral de una amplia franja social que no ha tenido conexión alguna con el siste- ma político ni con buena parte de los movimientos sociales, y cuya relación con los problemas públicos se suelen definir exclusivamente a través de las pautas de comportamiento del modelo.

Las derechas empresariales contaron con los medios, los dispositivos del big data y el poder del dinero. Frente a ello, las fuerzas de izquierda y del llamado progresismo no contamos con nada parecido a lo que se solía llamar política de masas y apostamos a ganar, en los hechos, sin despliegues de comunicación territorial, directa y emotiva. Una estadística muestra que la votación del Rechazo creció de forma inversamente proporcional al quintil de ingresos.

Ninguna campaña del Apruebo fue capaz de trasponer los umbrales que separan las organizaciones de la izquierda, el progresismo y sus dirigencias ilustradas, y el mundo popular. Especialmente centradas en ac- tos públicos masivos y redes sociales, las actividades organizadas por los comandos tendieron a reunir adherentes ya convencidos en torno a un despliegue simbólico que recurrió a referentes identitarios propios de la cultura tradicional de la izquierda, que lógicamente no tenían la más mínima capacidad de convocar espacios sociales diferentes. Mucha tarima, poca calle.

Una de las comunas del país donde la sequía es más severa votó mayoritariamente por el Rechazo a un texto que permitía comenzar a des- montar la mercantilización el agua. A contrapelo de aquello que resulta obvio a las izquierdas, parece claro que la relación causal entre privatización del agua y sequía no resulta en modo alguno evidente para el 56,11% de los habitantes de Petorca, donde las relaciones patronales son además aun muy fuertes. El progresismo ilustrado que comandó la campaña del Apruebo, en una u otra versión, supuso erróneamente que la capacidad de dirección intelectual y moral del neoliberalismo estaba desmontada.

En definitiva, el Rechazo logró combinar distintas posiciones. Primero, lógicamente, la mantención del modelo y la prolongación de la Constitución de 1980; segundo, un malestar social inorgánico y desorganizado, que está inconforme pero desaprobó la forma de conducir el mejoramiento de sus propias condiciones de vida que se le ofrecía, seguramente muy expuesto a la campaña del Rechazo, y que llegó a pensar que la afectación de los intereses de las elites acarrearía un menoscabo a sus propias condiciones de vida; y en tercer lugar, a todo un mundo que entendió que rechazando castigaba a un gobierno que lo ha decepcionado. Es probable que una parte no despreciable de la gente que salió a la calle durante la Revuelta haya votado Rechazo.

Cambio de gabinete 2022 / Radio Universidad de Chile

Las prioridades del oficialismo bicéfalo

La coyuntura estuvo marcada por una cantidad importante de contradicciones en el campo del Apruebo, que nunca logró mostrarse como una alternativa fuerte. Allí se alinean varios factores. Antes de que con- cluyera el trabajo de la Convención Constitucional, el oficialismo, atrapado por la campaña de desprestigio de las derechas, optó por un diseño que implicaba la invisibilización de las y los constituyentes y una aceptación tácita de las injustificadas críticas que se hacían a la Convención. El hecho mostró tempranamente que las alianzas en el poder no tenían una vocación mínima de defensa de la propuesta constitucional –de cuya elaboración las y los convencionales de su sector habían tenido sin embargo parte destacadísima–, y más aún, que no estaban disponibles para afianzar un bloque político social con un carácter claramente antineoliberal.

En definitiva, el Apruebo fue menoscabado desde el propio oficialismo, en un intento de preservar el prestigio del gobierno que se ha revelado vano. El triunfo del Rechazo ha sido visto, inapelablemente, como una derrota del gobierno. Las estrategias basadas en el distanciamiento que puso en marcha La Moneda no solo se revelaron ineficaces para el pro- pio gobierno, sino que debilitaron desde adentro el campo del Apruebo. No se requiere ser un experto en campañas electorales para comprender que los hechos que se detallan a continuación debilitaron la campaña: 20 de julio: la prensa reporta que Michelle Bachelet se refirió a la pro- puesta constitucional citando una canción de Pablo Milanés (“no es perfecta, mas se acerca, a lo que yo, simplemente soñé”) provocando la celebración frívola de quienes hasta hace poco habían sido sus opositores. Se instala una imagen de Bachelet, dos veces presidenta en el período de los criticados treinta años, como una especie de madrina del Apruebo.

11 de agosto: en plena campaña, el oficialismo concurre a firmar un compromiso de modificación del texto constitucional en caso de ganar el Apruebo (“Unidos y unidas para aprobar una nueva constitución”), pasando por encima de la voluntad popular manifestada en el Plebiscito de entrada en 20202. En los hechos, implicaba el llamado a votar por algo en lo que no creían ni quienes llamaban a votar por ello.

21 de agosto: a dos semanas de la votación, el presidente Boric dibujaba en una entrevista televisiva las alternativas posibles ante un triunfo del Rechazo.

28 de agosto: el Ministro de Hacienda Mario Marcel sostiene en entrevista publicada en El Mercurio que el programa de gobierno es igual- mente viable en cualquier marco institucional, con o sin la nueva constitución.

En fin, “la candidata” del Apruebo no tenía un respaldo claro en los liderazgos de sus propias filas, que una y otra vez insistían en sus “imperfecciones”.

¿Cuál es la razón de ello? Han aparecido un conjunto de artículos de prensa y análisis comunicacionales que contienen sin dudas aspectos certeros y relevantes. En ellos se supone que la alianza en el gobierno tenía un genuino interés en el Apruebo, y se analizan los errores de la campaña. Mi hipótesis, por el contrario, es el oficialismo bicéfalo nunca logró resolver un criterio político único sobre la propuesta constitucional, y quedó atrapado entre su percepción de las duras consecuencias que le acarrearía un triunfo del Rechazo y una mirada recelosa y discrepante sobre la propuesta, que no le permitió forjar una convicción clara y una acción decidida.

El punto entonces, mal que le pese a los moralismos de izquierda, no reside en una deslealtad del gobierno. Se trata de sus objetivos estratégicos, que en este momento apuntan, principalmente a consolidar la construcción de un nuevo bloque dominante en la política, basado en la articulación de segmentos de la vieja Concertación con la alianza Frente Amplio-Partido Comunista. Consolidado ese reordenamiento elitario de la política, los nuevos espacios dominantes podrán construir sus acuerdos y dirigir los procesos de cambio de la forma que lo estimen conveniente, disponiendo para ello la formación de una institucionalidad restringida para reelaborar un texto constitucional pactado.

El contexto: la retirada del poder destituyente

La situación social y política en que ocurrió la elección jugó sin dudas un papel relevante. De modo general, puede decirse que se trata del desmontaje del poder destituyente a través de las fuerzas de la economía y la institucionalidad política. Cuatro elementos son importantes a considerar. El aumento del costo de la vida, el estado de desmovilización de la sociedad, la subordinación política de parte importante de los movimientos sociales y la fuerte crisis del campo de las izquierdas extragubernamentales. Veamos.

Desde hace ya algunos meses algunos economistas venían sosteniendo que el tipo de ajuste monetario que venía impulsando el Banco Central iban a hacer sentir sus consecuencias en las fechas del plebiscito. Junto a ello, el alza del costo de la vida ha sido sustantivo. En julio de 2022, la canasta básica de alimentos acumulaba un aumento interanual de 20,6% mientras que las remuneraciones reales lo hacían a la baja en un 3,0% en el mismo período. En el mismo mes se informó que la línea de la  pobreza  subió  hasta  $205.176,  mientras  en  un  estudio  fechado  en agosto, la Fundación Sol avisa que el 50% de las y los trabajadores gana menos   de   $457.691,   lo   que   en   el   caso   de   las   mujeres   se   reduce   a

$405.349. Los números hablan por sí mismos.

Frente a ello, el gobierno exhibe una preocupación constante por la inflación, codificada en la lógica técnica del lenguaje económico dominante, sin construir mecanismos relevantes que permitan sortear los costos de la crisis a los sectores más pobres de la sociedad.

La caída de la economía encuentra manifestaciones de crítica, o al me- nos de preocupación, en la prensa, en los empresarios, y en los voceros de la economía oficial. Y en casi nadie más. Resulta notorio el silencio de la mayor parte de los movimientos sociales más importantes, que dieron voz y cuerpo a varias de las movilizaciones más importantes en años anteriores. El hecho se debe al agotamiento y un descenso en la capacidad de convocatoria en el caso de movimientos que habían sido relevantes dos décadas atrás, pero no lograron articularse con el tipo de actor social que se movilizó en el estallido de octubre de 2019. En otros casos, que lograron una representación relevante en la Convención Constitucional, ha sido manifiesta la subordinación a la conducción política del Frente Amplio. El hecho es que, por una u otra vía, los movimientos sociales tradicionales se agotaron, aunque no debe descartarse que se rearmen y fortalezcan en una situación como la que toma forma con posterioridad al plebiscito.

Esos actores, que constituyeron la principal fuerza de impugnación a las distintas formas de opresión que impone el régimen neoliberal, y cuya acumulación constituye sin dudas un antecedente esencial en la construcción de fuerzas que desemboca en octubre, fueron dejando el campo, voluntaria o involuntariamente, a las fuerzas partidarias y los espacios de negociación cupular.

Otro tanto ocurría en el campo de las fuerzas de izquierda que no se alineaban en el oficialismo, tanto las que nos fuimos retirando del Frente Amplio tras las negociaciones del 15 de noviembre de 2019, como muchas que nunca formaron parte de ese campo. El panorama en ese mundo era y ha sido, de un generalizado desconcierto, inmovilismo y una escasa capacidad de propuesta. Más allá de algunas campañas y esfuerzos realizados, destacables sin dudas en sus intensiones y en su voluntad de conectar con segmentos del mundo popular, el hecho es que no tuvimos una capacidad de movilización electoral efectiva. Eso también puede cambiar de forma acelerada en la nueva situación política.

Lo que ocurre en las izquierdas afuerinas se relaciona con las fracturas que han ido teniendo lugar al interior de algunas fuerzas de gobierno. En el Partido Comunista se impuso un severo alineamiento con La Mo- neda que deja a parte importante de sus bases en una posición disidente (aunque inmóvil). Otro tanto ocurre en varios segmentos del Frente Amplio.

Finalmente, el factor más relevante del contexto esta dado por el proce- so de desmovilización popular que ha tenido lugar desde las negociaciones del 15 de noviembre en adelante. Concurren allí, de nuevo, varios elementos, cuyo análisis exige un espacio más extenso. Por lo pronto, un aspecto decisivo está dado por los altos niveles de desorganización de  las  movilizaciones  de  2019,  la  ruidosa  crisis  de  La  Lista  del  Pueblo,

que fue una crisis política, ideológica y organizativa en una medida mucho mayor que lo que tiende a atribuirse al caso de Rodrigo Rojas Vade, y la corrosiva forma en que todo ello se trasladó al interior de la Convención Constitucional, que solo pudo ser parcialmente revertida por la conformación de la Coordinadora Plurinacional y Popular. Otro aspecto, también decisivo, está dado por la fuerte voluntad excluyente desplegada por todo el espectro de partidos contra el mundo de los independientes, tanto en la Convención como en cualquier otro espacio político relevante. A estas alturas, es un hecho claro que el oficialismo bicéfalo entiende la estabilización de su gobierno esencialmente vinculada a la desactivación –y podemos decir a estas alturas que si es necesario, también represión–, de cualquier expresión política autónoma, popular, independiente del sistema de partidos.

Manifestación en favor del Apruebo

El paso a una nueva situación política

Termino de escribir estos apuntes algunos días después del plebiscito. Un video viral muestra a un joven que sostiene que ahora que ganó el Rechazo los partidos políticos de derecha y de izquierda podrían avan- zar a otorgar niveles de gratuidad en la atención de salud. En otro una señora manifiesta que votó Rechazo porque rechaza la delincuencia y la crisis económica. Ante ello, el progresismo bonachón y tolerante de las clases medias ilustradas desenfunda su filo punitivo, siempre a  la mano, y castiga en las redes sociales lo que entiende como un pueblo inconsciente e ignorante. Las distancias tienden a ampliarse, allí y en muchos otros aspectos de la política.

El gobierno opera rápidamente un cambio de gabinete. La vieja Concertación escala posiciones clave. Hay que agradecer que al menos eso debiera permitir terminar con el discurso generacional vacío. De fondo, el gobierno ingresa en una crisis severa. Pierde iniciativa. El inicio de su caída no ha tomado más que seis meses.

Tras una brevísima muestra de optimismo por el resultado del plebiscito, las noticias económicas mostraron casi de inmediato la persistencia de la crisis. El empresariado comenzó entonces una rápida ofensiva contra la reforma tributaria propuesta por el gobierno, que a estas alturas constituye su única iniciativa relevante.

La derecha política venía en una severa crisis, solo contenida por la capacidad de acción de la derecha empresarial y mediática. El triunfo del Rechazo y el retroceso que implica la propuesta de continuidad constituyente del oficialismo, deja de facto el campo abierto a un fortalecimiento de la derecha.

En fin, el plebiscito y los días siguientes han terminado por mostrarnos el termino de un ciclo de tres años. El proceso que comenzó el 19 de oc- tubre de 2019 produjo una alteración profunda en la dinámica política. La crisis de la derecha política fue su primer síntoma. Sumemos, como

rasgos de este ciclo corto, la poderosa reunión de cuerpos y subjetividades que desencadena un momento de cambio que aun no concluye; la desorganización de las fuerzas de la Revuelta, su carencia de articulación, la caída de algunos liderazgos y movimientos sociales tradicionales; la ruptura del Frente Amplio provocada por la negociación nocturna del 15 de noviembre; la posterior crisis de las organizaciones de las izquierdas del afuera; la consolidación de lo que alguna vez llamamos partido parlamentario, a cargo del conglomerado de inspiración socialdemócrata conformado por el Frente Amplio y el Partido Comunista, que en una especie de gesto eurocomunista tardío concurre después a una alianza con las fuerzas que gestionaron el régimen neoliberal desde la Concertación. La semana posterior al plebiscito muestra la consolidación absoluta de ese oficialismo bicéfalo del que se puede decir, por lo pronto, que no tiene una vocación efectiva de superación del orden neoliberal, que va continuar la lógica del Estado policial como lo muestra ya su acción en el Wallmapu, que está decidido a buscar el camino de la estabilidad política a través de un cierre excluyente y elitista de los espacios institucionales y la desmovilización política de la sociedad chilena, y que, consecuente con esa orientación, intentará cerrar el ciclo mayor que abrió la Revuelta a través de un proceso constituyente restringido y pactado.

Pero se puede decir también, y esto es lo más relevante, que la consolidación de la alianza en el poder plantea la necesidad de una superación acelerada de la falta de proyectos y capacidad organizativa en el campo de los pueblos, que requiere hoy, más que nunca, constituir los actores y las formas de organización que le permitan retomar un lugar central en el debate público, de modo de potenciar las luchas orientadas a la superación efectiva del modelo enfrentándolo en su interior, allí donde habitan las formas de pueblo efectivamente constituidas en cuarenta años de régimen neoliberal.

Pese a su derrota, el campo del Apruebo tiene la posibilidad de dar lugar a posiciones sustantivas. El texto propuesto por la Convención recibió el respaldo de más de 4 millones de ochocientas mil personas y representa hoy, por lejos, la posición política más masiva que existe en la sociedad chilena. Es solo una posición potencial y difusa, y sin embargo, tremendamente auspiciosa.

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